En marcha 368 investigaciones sobre terrorismo islámico en el conjunto de España

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En marcha 368 investigaciones sobre terrorismo islámico en el conjunto de España

Mensaje por Última Hora el Jue Jul 10, 2014 3:05 pm

Cataluña es la comunidad autónoma, junto a Andalucía, donde se producen más investigaciones por terrorismo islamista, según un informe del Ministerio de Interior, que considera que el riesgo de atentados islamistas en España es “alto”. Además, la provincia de Barcelona es, con diferencia, la que más investigaciones concentra, seguida de Madrid.


En la actualidad hay 368 investigaciones sobre terrorismo islámico en el conjunto de España. En 291 de los casos, los agentes han determinado dónde está el núcleo principal de los sospechosos. Concretamente 63 de ellos están en Cataluña.

Más del 18% de las entidades y personas investigadas tienen su núcleo principal de actuación en Barcelona, mientras que en Madrid está el 13% de las indagaciones. Eso hace que el mayor número de efectivos de la policía y la Guardia Civil especializados en lucha contra el yihadismo se concentren en Madrid y Barcelona, seguidos de la Comunidad Valenciana, Ceuta, Melilla y algunas provincias de Andalucía.

“Si se tuviese en cuenta la población y la extensión de las comunidades autónomas, resultaría que es en Cataluña donde se concentra el mayor esfuerzo policial”, recalca el informe. Los principales focos de radicalización islamista están en Cataluña y el arco del Mediterráneo, junto con Ceuta y Melilla.

ISLAM EN ESPAÑA
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No es sólo terrorismo: es islamismo

Mensaje por WEBMASTER el Dom Jun 28, 2015 10:54 am

No estamos ante un problema de orden público que pueda combatirse elevando un grado el protocolo de alarma policial. Estamos ante un fenómeno de raíces religiosas que arraiga en una comunidad concreta: la musulmana, incluso si los muertos son también musulmanes.

El viernes del ramadán se ha saldado con una ola de sangre. Este año el mes del ramadán abarca desde el 18 de junio hasta el 17 de julio del calendario cristiano. Es un mes que la tradición musulmana consagra al ayuno y la abstinencia. En cuanto al viernes, como es sabido, es el día santo dentro del islam. En la atmósfera de violencia que el yihadismo contemporáneo ha desplegado allá donde hay musulmanes, la fecha ha sido el pretexto para desencadenar una marea de muerte. Al atentado islamista en Francia se suman los 38 muertos de Túnez, los 56 de Somalia y los 25 de Kuwait. Escenarios: una planta industrial, un hotel turístico, una base de la Unión Africana y una mezquita chií, respectivamente. Las víctimas, cristianos y musulmanes indistintamente. Unos por cristianos, otros por chiíes, otros en fin por “malos musulmanes”. Los objetivos: todo cuanto se oponga al proyecto del califato suní del Estado Islámico y a la implantación de la sharia en el universo mundo.

Los políticos occidentales han reaccionado en su registro habitual: esto no es el islam, sino puro terrorismo. Hora es de decir que eso no es verdad: es terrorismo, por supuesto, pero es un terrorismo islamista, que sólo se explica por la ideología político-religiosa que mueve las manos asesinas. No estamos ante un mero problema de orden público que pueda combatirse elevando un grado el protocolo de alarma policial. Estamos ante un fenómeno de raíces religiosas que arraiga en una comunidad concreta: la musulmana, incluso si con frecuencia los muertos son también musulmanes.

Podemos describir el fenómeno como una triple guerra de religión, una dentro de otra. Hay una guerra entre los islamistas radicales, que quieren restaurar el califato y aplicar a escala universal la ley islámica, y los gobiernos musulmanes que aspiran a mantener su orden estatal. Hay otra guerra entre los musulmanes suníes y los musulmanes chiíes, las dos grandes familias históricas del islam. Hay, además, una tercera guerra que opone al islamismo radical contra la civilización cristiana. El califato del Estado Islámico está ahora mismo en el centro de los tres frentes. Eso le permite disfrutar tanto de las complicidades de otras naciones suníes como de un apoyo quizá no creciente, pero tampoco menguante, entre la población musulmana de todo el mundo.

Esta es la realidad que los gobiernos occidentales se niegan a ver: piensan que basta con abjurar de la propia religión en nombre de la “laicidad” para que la declaración de guerra deje de surtir efecto. Como el niño que cree que, cerrando los ojos, el peligro desaparecerá. No quieren aceptar que nuestra retórica cosmopolita del “mundo global” sólo es válida, en realidad, para nosotros, y que en otros códigos culturales no tiene la menor vigencia. También se equivocan quienes creen que basta con potenciar a los musulmanes “moderados” frente a los radicales de las interpretaciones literales del islam: ignoran que el islam es, ante todo y sobre todo, una doctrina de la interpretación literal, y que en su seno el integrismo no es una desviación, sino una vía de ortodoxia. Podemos seguir escondiendo la cabeza bajo la tierra (o dentro del propio ombligo). No por eso se esfumará el enemigo.

¿Es demasiado fuerte la palabra “enemigo”? No hay otra, sin embargo. Europa tiene que ser consciente de que le han declarado la guerra. Y actuar en consecuencia. Para empezar, extremando la vigilancia sobre las comunidades islámicas que viven en nuestro suelo. Además, poniendo en cuestión esa descabellada política norteamericana que, en los últimos años, ha consistido en sembrar de conflictos el interior del mundo musulmán. Y quizá sobre todo, recobrando su propia identidad. Porque seguiremos inermes mientras no recordemos quiénes somos. Gaceta.es

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Lo que Europa no quiere aprender del islamismo

Mensaje por WEBMASTER el Dom Jun 28, 2015 11:32 am

Una cadena de atentados perpetrados por radicales islamistas provocó este pasado viernes decenas de muertos y heridos en Túnez, Kuwait, Somalia y Francia. Las Fuerzas de Seguridad y los servicios de Inteligencia habían alertado sobre la coincidencia del primer aniversario de la creación del califato del Estado Islámico y el inicio del mes de Ramadán, dos motivos suficientes para esperar alguna acción de este tipo pero, como por desgracia ha ocurrido otras veces, el terrorismo islamista ha alcanzado sus fines sangrientos cobrándose decenas de vidas inocentes.

En Francia, un terrorista vinculado al Estado Islámico decapitó a su jefe en la empresa de mensajería en la que trabajaba y trató de provocar una tragedia aún mayor estrellando su vehículo contra un almacén de gases industriales. Se trata del segundo atentado mortal de origen islamista en suelo galo, desde que el pasado 7 de enero dos salafistas atacaran la sede de la revista satírica Charlie Hebdo.

Tras esta última oleada de atentados, las autoridades europeas han vuelto a repetir sus estériles condenas precisando, como siempre, que estas acciones son hechos aislados protagonizados por radicales que nada tienen que ver con el islam. Por más que los hechos desmienten una y otra vez un análisis tan servil, la clase política europea prefiere mentirse a sí misma y a los ciudadanos, cerrando los ojos a la mayor amenaza que pesa sobre nuestras sociedades.

Los organismos de seguridad cifran en 5.000 los europeos que han acudido a combatir en las filas del Estado Islámico en Siria e Irak, muchos de los cuales están de vuelta en sus países de origen, más radicalizados que cuando se fueron y, además, con entrenamiento militar y capacidad para manejar armamento y explosivos. Los Gobiernos que lamentan estos atentados mortales deberían preguntarse cómo es posible que en nuestros países existan centros de radicalización y reclutamiento, en la mayoría de ocasiones vinculados a mezquitas, que hacen que miles de jóvenes nacidos en suelo europeo estén dispuestos a morir para acabar con nuestra forma de vida; justamente la que sus padres eligieron, para darles el futuro del que carecían en sus lugares de origen.

Bien están las reuniones de coordinación y el apoyo de los principales partidos políticos a una mejora técnica de los resortes de la seguridad, como han hecho en España el Gobierno del PP y la principal fuerza de la oposición. Sin embargo, resulta imperativo que esa coordinación llegue al más alto nivel político en términos europeos para hacer un frente común que, en primer lugar, identifique sin complejos la raíz de este gravísimo problema, que no es otro que la impunidad con que el radicalismo islamista se maneja en el seno de nuestras sociedades.

Las acusaciones de islamofobia que una parte de la izquierda enarbola cuando se trata de combatir el terrorismo islamista no pueden paralizar la acción de los Gobiernos, cuya principal obligación es acabar una amenaza para la seguridad de todos y una ofensa para los musulmanes que han elegido nuestros países para labrarse un futuro próspero y vivir en paz. LD.
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