POR QUÉ LA TELEVISIÓN INFLUYE TANTO Y PARA MAL

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POR QUÉ LA TELEVISIÓN INFLUYE TANTO Y PARA MAL

Mensaje por Cybernauta el Dom Mar 05, 2017 9:19 am

A día de hoy, a nadie sorprende que los políticos disfruten en la televisión más que un niño con juguete nuevo. Ni que asistan a cualquier programa por muy indecoroso que sea su contenido, bailen, canten o hagan el ganso. La mayor parte de los dirigentes españoles actuales no resistiría un debate en profundidad pero salva bien la cara en espectáculos televisivos donde se vocifera, se recurre a la demagogia o se repiten simplezas a granel. O en esos otros donde se desnudan públicamente los aspectos íntimos, el lado humano, o cotilla, del personaje. El mero hecho de aparecer en la pequeña pantalla constituye un argumento de autoridad, una aureola que ofrece credibilidad a los ojos del público. El arte de la política se degrada a un ejercicio de imagen, oficio de figurantes, cómicos de tercera o saltimbanquis. Incluso el auge de los nuevos partidos en España, como Podemos o Ciudadanos, no sólo se debió al hastío de la población con la vieja política: también a su intensa presencia televisiva. La pequeña pantalla hace y deshace, crea y destruye partidos, encumbra y derriba gobiernos. ¿De dónde proviene su inmenso poder?

En su libro, Homo Videns, Giovanni Sartori considera que la televisión es un invento que implica un cambio fundamental, una fuerte regresión en el proceso de comunicación humana. La tele difunde imágenes, y con frecuencia las transforma en entretenimiento, pero anula los conceptos, las ideas. Atrofia la capacidad de abstracción, ese recurso a lo simbólico que se expresa a través del lenguaje. Anquilosa el entendimiento, sustituyendo el conocimiento profundo por una visión superficial. Y fomenta en el televidente una actitud perezosa, pasiva y acomodaticia. El sujeto se acostumbra a responder sólo ante estímulos audiovisuales, puras imágenes con lenguaje simple, y acaba mostrando desinterés por los conceptos abstractos, esas ideas imprescindibles para el razonamiento.

Aunque lo veas… no lo creas

La imagen televisiva puede engañar con mayor facilidad que la palabra, manipular con más sutileza, porque la gente está preparada para dudar de lo que oye… pero no de lo que ve. Y porque la pérdida de capacidad de abstracción dificulta enormemente la distinción entre verdad y falsedad. La pantalla ofrece al espectador una engañosa sensación de que adquiere sabiduría, conocimiento del mundo sin esfuerzo, recostado en su sofá. Y le impulsa a aceptar argumentos simplistas, ésos que sólo le hacen sentir bien. Las mayores necedades y sinsentidos pueden convertirse en verdad revelada una vez repetidos hasta la saciedad, acompañados de imágenes sugestivas, si el público carece de argumentos, de una lógica de razonamiento que le permita resistirse a la avalancha.

El deterioro de la educación, la escasez de mentes debidamente formadas, abrió un enorme espacio a la manipulación audiovisual. La realidad es crecientemente compleja pero la tele la describe de forma cada vez más sencilla, más maniquea, con conmovedoras historias de buenos y malos. Los miedos irracionales, la expansión de doctrinas milenaristas, la difusión de teorías conspirativas o la identificación de notorios malos, malísimos, que generan todos los problemas mundiales, son manifestaciones de esa creciente simplicidad y credulidad del público.

El televisor modifica sustancialmente la naturaleza de la comunicación, trasladando el énfasis de la palabra a la imagen. El cine ya usaba un recurso similar pero nunca dispuso de semejante poder manipulador. Cuando en 1895 los hermanos Lumière proyectaron sus tomas en un local de París, muchos espectadores saltaron horrorizados de sus butacas, corrieron hacia la salida huyendo de un tren que se abalanzaba sobre ellos. La tranquilidad regresó cuando se les explicó que la locomotora era una ilusión: no estaba realmente ahí. Desde entonces, las películas no engañan porque todo el mundo sabe que sus contenidos forman parte de la ficción. Pero nadie advirtió al público de que los productos televisivos son una verdad distorsionada, una parte muy sesgada y descontextualizada de la realidad. Por ello, muchas personas siguen creyendo la “verdad” televisiva a pies juntillas: “el mundo es aquello que sale en la pequeña pantalla; y lo que no aparece no existe”.

Reducción de la política a imagen

La influencia de la televisión no sólo estriba en su sustitución del concepto por imagen. Un estudio concluyó que, viendo la tele, la parte derecha del cerebro se muestra dos veces más activa que la izquierda, conduciendo a una suerte de hipnosis, a una actitud acrítica que conduce a creer todo lo que se exhibe en la pantalla, por muy dudoso y cuestionable que sea. Otro estudio señaló que las personas insatisfechas con su vida pasan delante de la pequeña pantalla un 30% más de tiempo que el resto. ¿Es el consumo televisivo la causa de la desazón o tan sólo un refugio ante la insatisfacción vital? Quizá el efecto sea bidireccional. Se ha comparado el abuso televisivo al de ciertas drogas adictivas: generan placer momentáneo pero vacío existencial, pesadumbre y desasosiego en el largo plazo.

La televisión fomenta la simplificación de la política, su reducción a imágenes y consignas, la desaparición de las ideas profundas, el surgimiento de un público buen conocedor de los dirigentes pero muy ignorante de las profundidades de la política. Como en otros aspectos, la caja tonta empuja a la comodidad, al mínimo esfuerzo y a una falsa sensación de conocimiento político. Bryan Caplan, profesor de economía en la Universidad George Mason (Virginia), sostiene que una parte significativa del electorado actúa de forma irracional, impulsiva, poco informada, tan sólo bajo el influjo de emociones, persiguiendo aquello que le hace sentir bien.

Así, los políticos han encontrado un enorme hueco para la manipulación: el uso de la televisión no como un potente medio para transmitir ideas cruciales sino como vía para la difusión de imágenes y emociones a las masas. Han convertido la pequeña pantalla en un anzuelo para pescar votos entre electores hipnotizados. No necesitan proponer políticas sensatas; basta con aferrarse a una buena apariencia, a un discurso maniqueo, a frases emotivas o ingeniosas. Ciertamente, pocos inventos tan interesantes han sido utilizados tan rematadamente mal.

@BenegasJ & @BlancoJuanM
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